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martes, 8 de agosto de 2017

CAP. CDXXIII.- Pimienta de Szechuan.


II. PIMIENTA ROJA DE SZECHUAN.

Andrés no se podría afirmar que Benita fuera sorda, sin embargo, sabía que era incapaz de escuchar.

Mantenía un monólogo exterior permanente que normalmente giraba entorno a la salud – de ella o de su marido, siempre al borde de la muerte o la extenuación -, del dinero – siempre exiguo – y del clima – modulaba en función de la estación: en verano se quejaba del calor, en otoño de la humedad, en invierno del frío y en primavera del polen -. Clima y salud solían confundirse.

Benita llegaba al piso de Andrés a las ocho en punto de la mañana. Él tenía preparado un tazón grande de café descafeinado con leche desnatada, un agua turbia, humeante, cenagosa. Junto a la taza la caja de magdalenas.

Al principio Andrés se sentaba en la mesa de la cocina para hacer compañía a Benita, pero no tardó en descubrir que el monólogo con público ganaba intensidad y que Benita miraba fijamente a su interlocutor para fijarlo eternamente en la silla. Pronto aprendió algunos trucos para evitar la hipnótica captura: dejaba entreabierta la puerta del apartamento cuando la escuchaba subir por la escalera, ella entraba ya hablando y él la saludaba desde el dormitorio, fingiendo que se estaba terminando de arreglar. Ella iba directamente a la cocina, mientras él pululaba por la casa. En el último instante se asomaba a la cocina para despedirse. Ella orillaba durante un instante su perorata y le informaba de la comida que dejaría preparada, el tres de agosto tocaban pencas de acelga hervidas y medallones de merluza a la plancha. Benita volvía a su laberinto verbal y Andrés cerraba suavemente la puerta para no perturbar al oráculo. Era imposible adivinar en qué momento ella abandonaba la narración y empezaba a ordenar las habitaciones, a sacar el polvo, a cocinar. Era imposible determinar si durante las tareas domésticas Benita callaba, o si sustituía su voz interior/exterior por el soniquete de la radio. Lo único que podía constatarse es que a media mañana la casa estaba impoluta y sobre la encimera de la cocina quedaban hechos el primer y el segundo plato.

A las ocho y cinco de la mañana Andrés estaba ya en la calle, disfrutaba de las bocanadas de aire fresco de las primeras horas del día, aunque aquel jueves, tres de agosto, los termómetros marcaban casi 30 grados. Caminaba hacia un quiosco cercano a la Plaza de la Independencia, cogía el periódico y empezaba el paseo de 45 minutos o hacia el parque del Retiro o por el Paseo del Prado. No era necesario medir el tiempo, la fatiga le iba marcando el ritmo y establecía el momento exacto en el que debía parar y descansar antes de retomar el camino de vuelta. El médico le había advertido que bajo ningún concepto se debía fatigar, le había advertido y recalcado la necesidad de evitar la fatiga, antesala de muchas complicaciones.

Lejos quedaba ya el caminar firme y ensimismado, ahora tocaba dar pasos no muy largos, acompasar la respiración al leve balanceo de los brazos, pautar la respiración y dejar que la mirada se distrajera con el paisaje. Ya no había que apretar el ritmo para conseguir cruzar los semáforos en verde, cuando veía que la luz empezaba a parpadear se detenía, así no forzaba la marcha.

En verano Andrés disfrutaba viendo como los turistas iban invadiendo poco a poco las calles, como descargaban los autobuses a los extranjeros en las avenidas del centro (Castellana, Serrano, Velázquez, Plaza de Colón), como deban las indicaciones pertinentes antes de lanzarlos a la aventura. Sólo los turistas orientales se veían necesitados de guías que llevaban grandes parasoles de colores para evitar que se despistaran los excursionistas. Comprobó que en algunos grupos la guía llevaba un micrófono y que el grupo que le acompañaba tenía encajados auriculares en los oídos.

Le gustaba anotar en la libreta cuantos grupos de turistas se había cruzado durante la mañana, cuantos autobuses habían interrumpido el tráfico matutino entre pitidos de los taxistas, indignados porque ocuparan sus carriles.

Sobre las nueve o nueve y media Andrés hacía un alto en el camino, atrás quedaban los tiempos del café cargado y las porras, ahora se contentaba con un descafeinado de máquina largo, con sacarina y, en el mejor de los casos, una tostada de pan de barra con aceite, le habían prohibido el pan de molde.

Solía buscar bares tranquilos, con mesas de mármol, cafeterías que dispusieran de la prensa del día, así reservaba la lectura de su periódico para más adelante. Si los camareros eran amables le dejaban hacer el crucigrama o el sudoku del diario prestado.

Poco antes de las diez desandaba sus pasos y se encaminaba hacia el museo del Prado, allí dejaría que se diluyeran un par de horas más. El camino de regreso solía ser más animado, la ciudad estaba ya en pleno bullicio, los autocares paraban en los cuatro puntos de la plaza de la fuente de Neptuno. El solía bajar por la acera de la plaza de la Lealtad, buscando el resguardo de castaños, cedros y tejos.

En unos bancos frente al edificio de la bolsa se encontró con un rostro que la resultó familiar, era el sujeto que el día anterior había dado un respingo cuando se sentó a su lado. No le pareció tan joven con en la primera impresión, le reconoció sobre todo por el agitado movimiento de dedos y manos sobre el teléfono móvil. No se atrevió a acercarse, por miedo a que se alterara de nuevo. Caminó unos metros hasta cerciorarse de pasar desapercibido y se quedó unos minutos contemplándolo, tiempo suficiente para comprobar cómo, de vez en cuando, hacía alguna foto con el teléfono y, de inmediato, seguía tecleando. Andrés en unos instantes le tenía hecha la ficha: varón, unos treinta y cinco años, metro setenta de altura, complexión delgada, tez morena, sin afeitar, aspecto compatible con un ciudadano de origen magrebí. No parecía un turista, tampoco tenía pinta de trabajar por la zona. Aseado, de vestir discreto, mientras estuvo sentado en el banco mantuvo entre las piernas un bolso de mano de color ocre, llevaba un teléfono móvil grande, de marca no identificable.

El hombre del respingo abandonó durante unos segundos el ensimismamiento de su teléfono y empezó a mirar a su alrededor. Andrés reanudó su marcha antes de entrar en contacto visual con su observado.

Las colas de la taquilla del museo del Prado ocupaban ya toda la fachada central, muchos turistas se protegían del sol con paraguas, intentaban evitar el sol, mitigaban el calor con abanicos que venían los pedigüeños de la zona. La policía local observaba impávida el acoso a los turistas. Seguramente había un acuerdo tácito de tolerancia entre policías y mendigos. Un acuerdo tácito fortalecido por la presencia de una unidad móvil de la policía nacional que servía como oficina ambulante de denuncias.

Andrés entró en el museo sin necesidad de hacer cola, era una de las prerrogativas que le concedía haberse hecho meses antes “amigo del museo del Prado”, pagaba setenta euros al año y eso le permitía entradas ilimitadas a la colección permanente y a las temporales, acceso preferente y posibilidad de participar en algunas actividades.

Andrés no había sido un hombre especialmente cultivado, de hecho, pasaron décadas antes de volver a pisar el museo. Cierto es que su padre, antiguo policía nacional, había terminado su carrera profesional como vigilante del museo. A raíz de una arritmia cardiaca el padre de Andrés dejó el cuerpo de policía y le trasladaron a guarda del museo, sus hijos eran todavía pequeños, eran otros tiempos, el museo solía estar medio vacío, la presencia de turistas no se había masificado y entre semana la calma de las salas sólo la perturbaban los colegios.

Cuarenta años después Andrés regresó con habitualidad al museo, casi como una especie de guarida donde se sentía protegido y, en agosto, fresco. Durante meses deambuló por las distintas salas hasta fijar su interés en Velázquez, fundamentalmente la sala XII de la primera planta, la sala circular de las Meninas. Las luces y misterios de las Meninas. Andrés solía buscar la proximidad de algún guía para escuchar las explicaciones sobre el cuadro, durante los meses de mayo y junio fueron especialmente interesantes las clases que daban a los alumnos de los colegios, las más sugerentes eran las que se hacían a los niños más pequeños, los de siete u ocho años, que eran los que solían hacer las preguntas más extrañas, las más alejadas al temor reverencial que suelen dar estos cuadros tan famosos. Los niños pequeños no son conscientes de estar frente a una obra de arte y eso facilita mucho las explicaciones, también los diálogos.

Andrés dedicaba las tardes a navegar por internet, habitualmente buscaba páginas vinculadas al museo del Prado y a sus pinturas. Él no intentaba desentrañar los misterios de las Meninas, se contentaba conque pasara el tiempo que sobre todos en las calurosas tardes de verano era especialmente cansino.

Había recopilado información sobre los cuadros que aparecían esbozados en el cuadro de las Meninas. La estancia que aparece en el cuadro es una habitación del viejo palacio real de Madrid, antes del incendio. Era un espacio habilitado especialmente para Velázquez, que era el pintor del rey.

Como la sala era una de las estancias del palacio real, aparecen inventariados los cuadros que pinta Velázquez cuando pinta las Meninas. Los dos cuadros del fondo son dos reproducciones de escenas mitológicas de Rubens (la de la derecha es Palas y Aracne, la de la izquierda el juicio de Midas), las reproducciones son de Bautista del Mazo, otro de los pintores reales. El resto de cuadros son de animales y aves.

Los críticos discuten sobre el significado que pueden tener esos cuadros que acompañan a las Meninas, hay quien afirma que se trata de una reproducción mecánica de los elementos ornamentales de la habitación, que Velázquez no hizo sino reproducir aquello que veía. Otros intérpretes consideran que el pintor al reproducir entre sombras cuadros de Rubens y de otros autores del entorno del rey, no hizo sino indicar que el resto de artistas y pinturas reales no eran sino notas a pie de página que cedían ante la grandiosidad de las Meninas, un cuadro que colocaba al arte pictórico en la antesala de la modernidad. Las Meninas era el primer cuadro moderno y Velázquez el primer pintor que convertía la tarea de un mero artesano en la obra de un artista.
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Sobre la una y media Andrés salió del museo, dio un paseo por los aledaños para ver si se reencontraba con el hombre del respingo, incluso caminó hacia la plaza de la Lealtad para ver si aquel sujeto permanecía por la zona. Había desaparecido.

De camino a su casa paró en una frutería, compró un mango muy maduro y una cebolla morada.

Ya en el piso, mientras se recalentaba la comida que le había dejado preparada Benita, peló y cortó en juliana fina la cebolla morada, extendió los trozos de cebolla sobre una bandeja metálica, añadió un poco de sal, espolvoreó una pizca de pimienta roja que descascarilló entre los dedos. Quitó la piel del mango, con las manos pringosas lo cortó en lonchas finas que colocó sobre la cebolleta. Buscó la sal maldon en el armario, dejó caer unas escamas sobre la fruta (poca sal, casi imperceptible ya que el médico le había obligado a abandonar la sal casi por completo), unos granos de pimienta roja. Abrió un bote de aceitunas negras con hueso, aceitunas de Aragón. Dejó cuatro o cinco aceitunas sobre los trozos de mango. Regó el plato con un hilo mínimo de aceite de arbequina y dejó la bandeja sobre la mesa.

Tras la comida vendría la cabezada frente al televisor y después la monótona tarde frente a la pantalla del ordenador.

En la libreta apuntó que había contando 25 autocares de turistas, hizo un croquis del banco en el que estaba sentado el sujeto del respingo, anotó con detalle los datos identificativos de aquel tipo, incluso esbozó su cara a lápiz.

El calor era insoportable y hasta las diez de la noche no pudo salir a pasear.

1 comentario:

  1. Me encanta como nos cuentas las historias pues me hacen revivir momentos que yo he vivido siendo jovencita, había veces que mi hermana y yo danzábamos por el museo solas y disfrutábamos pensando que éramos las dueñas y no había nadie más, cuando ahora veo las colas pienso que no lo van a disfrutar lo mismo que yo. Jubi

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