Follow by Email

sábado, 22 de agosto de 2015

CAP.CCCLXXI.- Pequeña muerte por chocolate (12)


12. SEDOSO PERE MATEU.

La siesta fue menos placentera de lo previsto. Pere Mateu, el abogado que aquella misma mañana había bombardeado a mi clienta con todo tipo de insinuaciones, quería verme. Recibí varias llamadas, era insistente, yo dejaba sonar el teléfono mientras intentaba dormitar en el sofá.

Hasta que no me despejé, me preparé una cafetera y redacté el escrito solicitando a la juez Lafourcade diligencias de instrucción que abrieran nuevas líneas de investigación no le devolví la llamada.

Mateu dejó varios mensajes en mi buzón de voz, aseguraba que resultaría provechoso que nos viéramos de inmediato. Su tono de voz era parecido al silbido de una serpiente: dulce, distante, cautivador. Empezaba sus mensajes llamándome «respetado compañero» y aseguraba que a la señora Palomeque le resultaría de sumo interés escuchar sus propuestas.

Dejé que se desesperara, así constataba que habíamos pinchado en alguna zona dolorosa y sensible de sus clientes. Al filo de las siete de la tarde decidí llamarle, aduje que había estado ocupado atendiendo a otros clientes. Llamé directamente a su móvil, sin pasar por el filtro del ejército de secretarias y asistentes que tenía en su despacho.

Quería verme a toda costa, un encuentro privado, discreto, informal… Estaba dispuesto a suspender su agenda de aquella tarde, incluso de la noche si fuera menester. Preferí darle cierta distancia y demoré nuestro encuentro hasta el día siguiente.

Se disponía a desplazarse a mi inexistente despacho, quería evitar sus elegantes salas de paseo de Gracia ya que la reunión no era oficial, era extremadamente delicada y, además, afectaba a un cliente personal suyo, no del despacho. Helena de Montes le había pedido, como favor personal, que defendiera a Desideria, la criada de la familia.

Le convoqué a la mañana siguiente, a las once, en la cafetería que había junto a la recepción del hotel Juan Carlos I; no era un lugar cómodo, cogía ciertamente a desmano de cualquier sitio. Quedando a media mañana me daría tiempo a pasar por el juzgado y dejar sellada mi solicitud de prueba y las razones de la misma.

El Juan Carlos I era parada habitual de muchos árabes que pasaban por la ciudad, aunque era un hotel relativamente moderno y con aires funcionales tenía cierta majestuosidad. Daba vértigo entrar a su recepción, puede que por tratarse de un espacio sin techo, inmensamente grande, solamente protegido por las paredes acristaladas del edificio.

El hotel estaba sometido a estrictas medidas de seguridad, mayoritariamente privadas; por el hall principal circulaba una marea de túnicas y chilabas que podían llegar a convencerte de que aquel era un sitio enclavado en Dhubai, lleno de jeques, emires y colaterales; de mujeres con el rostro velado y niños correteando sobre las mullidas moquetas de la recepción. Sólo el enjambre de ruidosos taxistas barceloninos que aguardaban a la entrada rompía la magia de las mil y una noches.

No me fiaba en absoluto de Pere Mateu, aunque habíamos quedado a las 11 yo aparecí por el hotel a eso de las diez. Fue extremadamente doloroso porque mi bolsillo estaba ya en pérdidas, pero tuve que acceder al hotel en taxi, no hay transporte público directo y para llegar a una zona cercana al hotel hay que tomar una combinación de metro y tranvía que era poco eficiente, además amaneció el día lluvioso y no quería aparecer con el traje hecho un acordeón.

Ya había tenido algunos encuentros profesionales en el hotel. Había una zona decorada como un saloncito inglés en la que era posible tener un encuentro de trabajo, aunque las mesas eran exageradamente bajas y el despliegue de ordenador personal y papeles judiciales resultaba incómodo, algo forzado. Era una zona pensada para lectores de periódico.

Busqué una mesa cercana a un grupo amplio de árabes que departían amigablemente con tres o cuatro sujetos trajeados, me coloqué de manera que desde la entrada a la cafetería pareciera que yo era uno más de aquella reunión, era cuestión de jugar con las perspectivas. Pedí al camarero el consabido café con leche, un diario en inglés – lengua que no dominaba en absoluto – y coloqué sobre la mesa una carpeta con fotocopias del sumario.

A las once menos cuarto llegó el compañero Mateu, traje impecable, con una ligera raya diplomática, sin una sola arruga. Era increíble ver su rubicundo flequillo peinado de manera tal que su flequillo basculaba al menor movimiento, parecía un personaje de una película inglesa de espías.

Levanté el brazo para saludarle, mientras me incorporaba hice el ademán de despedirme de mis ficticios compañeros, bastaba con hacer como si hablara con ellos indicándoles que no se levantaran de la mesa. A mis ficticios compañeros extrañados de mis muecas  no les quedó más remedio que fijarse en mi lo que permitió una composición casi perfecta.

«Justo terminaba la reunión», le dije a Mateu,«quedan algunos flecos que pulirán mis colaboradores. Tenemos media hora para charlar». Le extendí la mano.

Buscamos una mesa lo más alejada posible de la que ocupaba inicialmente, coloqué a Mateu dando la espalda a mi ficticios acompañantes para que no pudiera mirarles en modo alguno.

Mateu agradeció que hubiera hecho un hueco en mi agenda con tanta premura y me rogó que nos tuteáramos, yo le dije que mientras hubiéramos de tratar temas profesionales prefería mantener ciertas formas. Sonrió y fue de inmediato al grano del asunto.

«Querido Marçel», no pudo evitar seguir tuteándome, «ya te he adelantado que me han rogado que asuma la defensa de la fiel Desideria Ramirez, la criada del Rafael de Montes, difícilmente encontraréis nada que pueda incriminarla, pero son tantos años de fidelidad a la familia que doña Helena me ha pedido que la acompañe si tiene que declarar.» Hizo un breve silencio que le sirvió para tomar aire «Ni a ti, perdón, ni a usted, ni a mi nos conviene que nuestros clientes pierdan los estribos y que vuelquen en el juzgado las cuitas y diferencias de estructuras familiares complejas que arrastran años de conflicto». Yo asentí con la cabeza. «Mis clientes», continuó, «a quienes no les faltan razones para desconfiar de la señorita Palomeque, me han autorizado para hacer una propuesta». Silencio de nuevo. «Pero antes me han autorizado para compartir contigo cierta información que llegará al juzgado en breve». Abrió una carpeta de cuero, mucho más elegante que la mía, ya desgastada, y sacó tres dosieres perfectamente encuadernados. Me indicó que eran copias para mí, que los originales estaban en el despacho.

Mientras Mateu pedía un café con leche y a mí me traían una nueva consumición, empecé a hojear los documentos. «No te importará si pido algo sólido para acompañar el café, a estas horas necesito un poco de azúcar», con su interrupción me hizo saber que sería yo el que tendría que hacer frente a la factura por las consumiciones.

A vuelapluma le di un vistazo a las tres carpetillas que puso a mi disposición, la primera se titulaba Historial Delictivo de Didier Fecault, allí aparecían algunas órdenes de búsqueda y captura internacional, copia de resoluciones dictadas por tribunales belgas, franceses y luxemburgueses y un breve resumen ejecutivo en el que se imputaban al Sr. Fecault varios delitos de estafa a gran escala así como el uso de información privilegiada en transacciones mercantiles vinculadas a turbios negocios de países del Este. La segunda carpeta tenía como leyenda El Sr. Fecault en España, allí aparecían sobre todo fotografías del Sr. Fecault en actitudes cariñosas con la señora Palomeque, alguna de las fotografías se habían tomado en la intimidad de una lujosa habitación de hotel, otras en un yate amarrado en la bahía de Palma y las últimas circulando en un Masserati último modelo; por lo visto el Sr. Fecault había dejado sin pagar facturas en las Baleares cercanas a los cien mil euros, circunstancia que había determinado que varios abogados mallorquines hubieran iniciado acciones legales contra Didier Mon Amour. La tercera de las informaciones iba enmarcada con la referencia Palomeque, también había fotografías, algunas indecorosas, en un contundente apartado de conclusiones se aseguraba que la Sra. Palomeque ejercía una suerte de prostitución de altos vuelos, que conocía y se relacionaba con el Sr. Fecault desde hacía varios años y que había elementos de convicción lo suficientemente firmes como para acreditar que la señora Palomeque había sido mantenido relaciones íntimas con terceros antes, durante y después de su relación formalizada con el Sr. Montes.

«En definitiva, querido Ruiz de Manyanet, tu cliente es una prostituta, o mejor dicho una prostipluta, a la que no sería fácil imputar la muerte del Sr. Montes». Silencio de nuevo. Me costó un poco descubrir el juego de palabras del sedoso Mateu, hube de recurrir a los neblinosos recuerdos del bachillerato para recordar que Pluto era el dios de la riqueza griego y que, en una comedia de Aristófanes se jugaba con su ceguera para justificar su prodigalidad.

Tomó aire Mateu, que volvía a parecer que actuaba frente a un tribunal y continuó con su monólogo: «Pero no es de interés de mis clientes ver a la Sra. Palomeque entre rejas, ni mucho menos, tampoco verla sometida a un penoso procedimiento penal por inducción al asesinato; sólo queremos que reconozca que obró con malicia, que se aprovechó del pobre Montes, ya en el declive de su hombría, que devuelva aquello que se llevó indebidamente y que pida perdón».

Mientras peroraba fue deslizando sobre el mármol de la mesa una cuartilla con una lista de peticiones, yo hube de sortear platillos con bollería, tazas, jarras y vasos para hacerme con el listado de reclamaciones. Mateu puso su mirada sobre las ensaimadas y croasanes disponiéndose a desayunar, como si yo no le hiciera compañía.

La lista de reclamaciones empezaba con la devolución de hasta tres Leonards Wren - adjuntaba unas fotografías que reproducían los cuadros -, así como unas litografías firmadas por Miró, Dalí y Tapies, manuscritos sin concretas, varios libros de ediciones bibliófilas, una cristalería de bohemia, una cubertería completa de alpaca y dos vajillas inglesas para doce comensales. Trescientos mil euros, acciones en varias sociedades cotizadas y una declaración jurada en la que pedía expresas disculpas a doña Helena, a sus hijos y al entorno familiar de Rafael Montes por las insidias vertidas durante los últimos meses.

Si la señora Palomeque – me dijo – aceptaba esas condiciones, ellos estaban dispuestos a solicitar una pena mínima por estafa y apropiación indebida que evitaría a la Sra. Palomeque ir a la cárcel; creía Mateu que resultaría difícil que el juzgado pudiera imputar a la Sra. Palomeque ningún tipo de participación en la muerte de Rafael Montes, sobre todo si la familia abandonaba la acusación particular.

Mateu me advirtió que para que la señora Palomeque fuera consciente de la fortaleza de sus argumentos esa misma mañana sería detenido el Sr. Fecault ya que pondrían a disposición del juzgado el primero de los informes sobre las andanzas y desventuras del querido Didier.

Antes de dejar mi compañía el abogado Mateu me indicó que Jéssica disponía de 24 horas para tomar una decisión, que esperaba que yo contribuyera a que la ponderación que le correspondía realizar a Jéssica se decantara por una solución amistosa; prueba de la buena voluntad de Mateu y de sus representadas, el abogado me indicó que si culminaba con éxito la transacción doña Helena estaba dispuesta a asumir el pago de mis honorarios profesionales sin discusión ni enmienda alguna. También me indicó Mateu que esa misma noche estaba previsto un homenaje a Rafael Montes organizado por la redacción del diario en el que colaboraban, la cita era restaurante de Higini, a las nueve de la noche; aunque la situación era compleja Perez Pin había rogado que asistiera todo el entorno de Montes, incluida Jéssica. Me advirtió que doña Helena acudiría acompañada por su abogado y que esperaba que doña Jéssica hiciera lo propio, tal vez así pudiera sellarse el pacto. Me extendió la mano, que parecía de mantequilla, y marchó dejándome con la palabra en la boca.

Quedaban sobre la mesa varios bocados, una jarra con café, otra con leche y una factura desproporcionada – Mateu había incluido los desplazamientos al hotel asegurando en recepción que los atendería el Sr. Ruiz de Manyanet. Pagué con prontitud, para evitar suspicacias, y decidí pasar allí el resto de la mañana, en parte para amortizar el coste de aquel festín mañanero, en parte para intentar diseñar lo que pudiera definirse como una estrategia, sin duda imposible.

La lectura de los dosieres era demoledora y las pruebas, al parecer, irrefutables. Pasó un camarero y le pedí el diario, si tenía que pasar lo irremediable mejor que me pillara relajado.

Escondida en un recuadro de la parte inferior de una página par aparecía una receta de Rafael de Montes, el hijo había sustituido la foto de su padre por una en la que, barbilampiño, aparecía en una pose similar a la de su progenitor. La propuesta era sencilla, un plato tradicional de canelones, tan tradicional que no creo que nadie en su sano juicio tomara canelones después de conocer los elementos que incorporaba el relleno de carne, a saber: Unos sesos de cordero, 250 gramos de carne magra de cerdo, una pechuga de pollo de corral, dos higadillos de pollo, una cebolla pequeña, dos tomates maduras, una copita de coñac, una cucharada de harina, un vasito de leche, aceite, sal, pimienta y una pizca de mantequilla. En la bechamel no parecía haber secretos: 40 gramos de mantequilla, otros tantos de harina, medio litro de leche, sal, aceite y una pizca de nuez moscada. Para coronar el plato queso rallado, que no fuera muy fuerte.

Comenzaba la receta hirviendo las placas de pasta en abundante agua, recomendaba una marca específica, supongo que porque esponsorizaba el espacio en el diario. Una vez hervidos, y evitando que quedaran excesivamente blandos, los enfriaba al chorro de agua fría antes de extenderlos sobre un trapo para que terminaran de perder la humedad.

La carne la preparaba en una cazuela de barro cortando a dados la pechuga y la carne magra de cerdo, dados pequeñitos. Una vez dorada la carne añadía los higadillos, la cebolla cortada en juliana, los tomates rallados y la copita de coñac. Se dejaba sofreír durante unos minutos, hasta que la carne quedara tierna y la pechuga de pollo empezara a deshilacharse. Era el momento de añadir el seso de cordero cuidando que no quedaran filamentos de las pequeñas venas y nervosidades, un poco de sal y un poco de pimienta sin parar de remover hasta que los sesos se hubieran deshecho y ligado la carne.

Montes junior recomendaba pasar toda la carne por una batidora, para que quedara una masa melosa, pero advertía que la textura del canelón iba en gustos. Cuando la carne estaba bien guisada se preparaba en una sartén la primera pizca de mantequilla, cuando se ha deshecho se tuesta un poco de harina y se añade la primera porción de leche. Esa mezcla se incorpora a la carne cocinada para que termine de compactar la masa. Hay que dejar que se rehogue durante 5 minutos más, cuidando que no se pegue la carne a la cazuela.

Cuando esté hecha del todo la carne se cubre con un paño humedecido para que la capa superior no se quede dura. La carne ha de reposar durante 40 ó 50 minutos. Mientras tanto se prepara la salsa bechamel.

Cuando esté templada y asentada la carne, cocinada también la bechamel, se empiezan a formar los canelones utilizando las placas de pasta.

Se colocan en una fuente profunda previamente engrasada, se colocan los canelones ordenadamente, se cubren con la salsa bechamel y se espolvorea el queso rallado. 5 minutos gratinando al horno y ya se puede servir.

Estaba convencido de que el padre de Rafaelito habría escrito docenas de veces una receta parecida con mayor gracejo.

A eso del mediodía abandoné el hotel y me di un largo paseo hacia la casa.

miércoles, 5 de agosto de 2015

CAP.CCCLXX.- Pequeña muerte por chocolate (11).


11. IMPLACABLE LA FOURCADE.

Clara La Fourcade, mejor dicho, doña Clara La Fourcade, jueza de instrucción. Que a nadie se le olvidara ponerle el doña delante, no aceptaba ningún tipo de confianza. Doña Clara la implacable, una mujer cercana a los cuarenta años, larga melena rubia, se escudaba en unas gafas de pasta y el pelo recogido en un moño imposible que sujetaba con un palillo lacado de restaurante chino. Recibía en una sala en penumbra, siempre detrás de una mesa llena de legajos, protegida por la pantalla del ordenador, nunca miraba a los ojos. Hablaba con frases cortas, muy secas, inquisitivas, no aceptaba ninguna evasiva y era dura, extremadamente duda.

Algunos compañeros que la habían visto paseando por la ciudad aseguraban que era una mujer hermosa, pero en el juzgado era de una severidad escalofriante.

Para Jessica hubiera preferido un instructor masculino, con un hombre hubiera podido emplear todas sus armas de seducción, tejer la madeja con miradas lánguidas y respuestas ingenuas, mordiéndose el labio inferior para que destacara carnoso, como una piruleta de fresa recién lamida.

Advertí a Jéssica que sería interrogada por una mujer, que seguramente la fiscal también sería mujer, que convenía que fuera precisa, sobria y clara en las contestaciones, que si dudaba no se le ocurriera mirarme y que contestara con la mayor sinceridad. Contaba con la ventaja de que Jess no conocía mis últimos descubrimientos sobre el testamento y las pólizas, tampoco sabía nada de mis últimas incursiones en la casa de Montes, la ignorancia le permitiría ser mucho más transparente.

Fui a buscarla al hotel, le mentí sobre la hora de declaración, le dije que era a las 10 y media, de ese modo conseguí que a las 10 estuviera en la recepción del hotel, en perfecto estado de revista, le recomendé que se abrochara el último botón de la camisa y que cerrara un poco el traje de chaqueta, que rebajara un poco el maquillaje y borrara el estridente carmesí de los labios. De poco la servirían.

La Fourcade nos había convocado a las once de la mañana, eran conocidas sus maniobras asomándose al corredor de espera diez minutos antes de la declaración, miraba por encima de las gafas y hacía pasar a los declarantes. La puntualidad era una obsesión en su sala y los impuntuales eran reprendidos públicamente.

«Forcadas ?, Forcadas? Recuerdo una Clara Forcadas compañera de instituto», repetía Jéssica en el taxi mientras reducía los rastros de su maquillaje, el taxista estaba más pendiente del devenir de sus pechos que de la circulación y a punto estuvimos de colisionar con otro taxista.

«La Fourcade, por dios Jéssica, La Fourcade, no tolera una sola imprecisión y menos con su apellido afrancesado. Piensa que esa mujer debe tener seis o siete años más que tú, es imposible que hayáis coincidido en alguna parte, vivís en mundos opuestos».

«Qué cosas tienes Marcellino, seguro que entre mujeres nos entendemos bien. Nosotras sabemos lo complicada que es la vida para las triunfadoras».

Íbamos mal, por el camino de las complicidades nos despeñaríamos irremisiblemente.

«Jéssica, recuerda que vas en calidad de imputada, que te acusan de delitos muy graves, que el más mínimo error o licencia con la jueza o con la fiscal te lleva directamente a la carcel».

En la ciudad judicial coincidimos en el control de entrada con el abogado Mateu, que me saludó cordialmente, llevaría la acusación particular en el caso, intentó dar dos besos a Jéssica y ella, aleccionada en los lances de la vida, le marcó todos los tiempos de la cobra retirando primero la cara y negándole después incluso la mano. La cara abogado Mateu quedó helada con el mohín de un beso no dado y la mano fofa flotando en el vacío. Intentó sonreír pero solo pudo esbozar una mueca de rabia. «Comprenderá querido Mateu que mi cliente evite cualquier gesto de afinidad con quien se ha de ocupar de acusarla», le susurré al oído. De haber tenido algo de instinto le hubiera tenido que dar un mordisco en la oreja, como aquel boxeador rabioso que fue estrella global a finales de los ochenta.

Íbamos a tomar juntos el ascensor pero yo le propuse a mi cliente tomar un café en el atrio de los juzgados, era necesario darle las últimas indicaciones antes de entrar en la sala. Tuve que hacer algunos codos para alcanzar la barra y pedir dos solos, le recordé a Jéssica que evitara cualquier coquetería, que de nada valían sus encantos en el juzgado.

Llegamos a la planta del juzgado justo en el instante en el que La Fourcade asomaba la cabeza por el corredor, sin solución de continuidad pasamos a su despacho. Recordé que no había que estrechar la mano ni a la jueza ni a la fiscal, aunque saludé con un breve y conciso «buenos días, señorías».

La secretaria judicial leyó los derechos a Jessica, lo hizo de modo mecánico, rutinario, como si fuera la lista de la compra; Jéss aseguró haberlos comprendido y firmó sin leer lo que aparecía en la plantilla. La jueza tenía abierto el expediente sobre la mesa, distintas muescas con papeles de colores destacaba las partes principales de las diligencias. Junto al ordenador había una pequeña reproducción de un cuadro de Leonard Wren, un remanso de paz antes de la batalla.

La jueza no se anduvo con rodeos, la primera pregunta fue directa: «Señora Palomeque, concréteme desde cuando mantenía usted relaciones íntimas con el señor Montes».

La señora Palomeque puntualizó que era señorita y empezó a contar que ya en el primer encuentro mantuvieron relaciones íntimas, Montes era muy fogoso. Jess se acomodó en el butacón dispuesta a entrar en detalles pero la jueza fue contundente al advertirle que no necesitaba mayores detalles, sólo la fecha y la estabilidad de la relación.

La Fourcade hizo una batería de preguntas sobre las circunstancias que rodearon a la pareja los días anteriores a la muerte y, concretamente, el viaje a Madrid. Jess pretendía hacer uso de su teléfono móvil para poder enseñar las fotografías, tanto las que acreditaban la relación como las que justificaban su fin de semana en Madrid; yo había visto alguna de esas fotos y consideraba que eran un poco subidas de tono como para incorporarlas al sumario, por suerte la jueza rechazó con dureza cualquier intento de convertir el teléfono móvil en un elemento de prueba de la instrucción.

Jess dudó en algunos pasajes del interrogatorio e inevitablemente aleteó las pestañas más de la cuenta, puso morritos al finalizar algunas fases e intentaba buscarme de reojo, supongo que buscando mi aprobación. «Señor Ruiz de Manyanet, deje de influir con la mirada en la declaración de la imputada», la reprobación fue tan efectiva que sentí que me arrancaban las corneas de cuajo en aquel instante.

Jess dejó claro que Rafael de Montes era su prometido, que tenían previsto casarse en breve y que incluso habían planeado tener hijos juntos, hizo referencia a un testamento desaparecido y lo sincero de su amor. La Fourcade no daba un solo signo de humanidad, tomaba notas y pasaba hojas del sumario.

Cuando yo creía que el interrogatorio llegaba al tramo final, cuando la jueza se había hartado de indagar sobre las veces que la señora Palomeque había accedido al domicilio del Sr. Montes tras su fallecimiento, tras haber requerido un inventario de los objetos que había recogido en el domicilio; después de que yo hubiera formulado las correspondientes protestas por el tono de algunas preguntas dirigiendo la mirada hacia las manos de la jueza para evitar ponerme más nervioso de lo que me ponía ya de suyo la magistrada; cuando pensaba que llegábamos a la batería final surgió por sorpresa una pregunta imprevista:

«Señora Palomeque, dígame desde cuando conoce al ciudadano luxemburgués Didier Fecault». Protesté con toda mi energía. La jueza me indicó que la acusación particular había aportado pocas horas antes de la declaración un informe de detectives que vinculaba a la señora Palomeque con el súbdito luxemburgués Didier Fecault, empresario vinculado a intereses rusos en distintos países europeos, imputado en varias causas sobre blanqueo de capitales y crimen organizado.

Yo quedé lívido, Jess sonrió y pidió que no mezclaran a Didier en su historia de Montes, aseguró no conocer nada del Sr. Fecault, más allá de su extrema amabilidad y cortesía, un hombre encantador que la estaba ayudando a superar el mal trago de su «viudedad». Si Montes había sido asesinado por un sicario albano-kosovar la conexión con Didier mon amour cerraba muchos círculos.

Advertí a la jueza que impugnaría la incorporación del informe al sumario de modo sorpresiva y me reservé incluso la posibilidad de acudir al tribunal constitucional si no quedaban sin efecto las preguntas acerca del Sr. Fecault.

Llegaba el turno de preguntas del Sr. Mateu, fue mucho menos incisivo de lo que había sido la jueza, se contentó con preguntar a cerca de la relación con Montes mantenía con su familia originaria y algunas cuestiones sobre la situación financiera del Sr. Montes. No dejaba de mirarme y sonreír, devolviéndome los golpes del beso y apretón de manos frustrado. Mateu fue mostrando documentos en los que se acreditaba que la señora Palomeque tenía firma en todas las cuentas y empresas del Sr. Montes, por lo que consideraba no sólo que la señora Palomeque tenía conocimiento de la situación patrimonial del Sr. Montes, sino que era la causante directa de aquel desastre económico.

Mis protestas por las preguntas insidiosas cayeron en saco roto, la jueza La Fourcade en cada una de las protestas solicitaba que se constara en acta y justo en la única pregunta en la que no realicé observaciones la jueza, con cierta sorna me preguntó: «Señor Ruiz de Manyanet, ésta pregunta le parece correcta ?, no quisiera generar en su cliente una situación de indefensión procesal».

Llegué desarmado a mi interrogatorio, como abogado de la imputada tenía el privilegio de poder realizar las preguntas en último lugar. Jéssica lucía radiante, ajena por completo al precipicio al que la estaban llevando.

Tomé aire, tenía la boca seca y bebí un trago de un botellín que la secretaria judicial había puesto a disposición de la señora Palomeque, la embocadura de la botella tenía restos de carmín y al sentirlos en el paladar, con un discreto regusto a cera de fresas, me relajé.

Llevábamos casi tres horas de interrogatorios. Advertí que en aquella circunstancia «intentaría ser breve».  La ventaja de haber estudiado durante aquellos largos 180 minutos a la jueza La Fourcade me permitió imitar aspectos sustanciales de su técnica de interrogatorio.

«Señorita Palomeque, indíqueme a qué hora se enteró usted del fallecimiento de su prometido», fue precisa al puntualizar que habían pasado las 9’30 de la mañana. Le pregunté que quien le había comunicado el fallecimiento, me indicó que Desideria, la criada de toda la vida de Montes. Le pregunté que a qué hora solía llegar Desideria al domicilio del Sr. Palomeque, me aseguró que todos los días llegaba a las 7’30 horas de la mañana, que era una mujer muy puntual. Le pregunté si le constaba que el día del fallecimiento Desideria hubiera retrasado su llegada al domicilio, me dijo que no le constaba. Le pregunté si habitualmente accedían al domicilio del Sr. Montes otros miembros de la familia, me contestó que Rafaelito Montes, el hijo del fallecido, solía acudir todos los días y que le constaba que la primera mujer del Sr. Montes tenía conocimiento detallado del devenir de la casa ya que Desideria hablaba habitualmente con ella. Le indiqué a la jueza La Fourcade que tal vez sería necesario interrogar a Desideria y realizar alguna diligencia que permitiera conocer las llamadas que se habían hecho desde el teléfono móvil de Desideria la mañana en la que apareció el cadáver. Jéssica con formas diligentes cantó a la secretaria judicial los números del móvil de la criada. Jess me guiñó un ojo, o por lo menos eso me pareció, el abogado Mateu solicitó a la jueza un nuevo turno para preguntar, propuesta que fue denegada de modo fulminante. La jueza dejó que permaneciéramos en tenso silencio durante unos minutos, me miró por encima de los cristales de las gafas, por lo que pude comprobar el brillo fulgurante y coqueto de sus ojos. «Señor Ruiz de Manyanet, espero que antes de 24 horas haya redactado el escrito motivado solicitando nuevas diligencias. De momento no adoptaré ninguna medida cautelar respecto de la señora Palomeque, pero ruego que si abandona Barcelona comunique al juzgado su dirección a efectos de notificaciones, he estado a punto de ponerla en busca y captura porque no había manera de localizarla. En secretaria les facilitarán una copia de la declaración así como de los nuevos documentos incorporados a la causa». Se levantó de la silla sin mayores contemplaciones y nos dejó en la sala con la palabra de despedida en la boca. La jueza La Fourcade era implacable incluso en sus modales.

Yo estaba extenuado, Jéssica parecía recién salida de la ducha. Mientras bajábamos por el ascensor pensaba que Jess aceptaría comer conmigo en algún sitio elegante de la zona alta de Barcelona, pero cuando llegamos a la salida mi fascinación se diluyó, allí estaba Didier con un deslumbrante coche deportivo aparcado en la zona reservada a autoridades, departiendo sonriente con los encargados de seguridad de la ciudad judicial, desde la distancia hizo un gesto a Jéssica para que se acercará al coche, mientras se alejaba Jess me hizo el gesto con la mano de que me telefonearía, Didier cerraba la mano y alzaba el dedo pulgar en señal de agradecimiento por mis servicios.

Mi economía no resistía un nuevo taxi a fondo de perdido, me dirigí a la parada de autobús, satisfecho del trabajo realizado, si acertaba con las combinaciones llegaría a mi casa en poco más de una hora, tiempo más que suficiente para poner en orden algunas ideas y terminar de perfilar la estrategia de defensa, siempre y cuando la hermosa y alocada Jess no desapareciera definitivamente.

No habían dado las cuatro de la tarde cuando llegué a la Santina, cocina sin fin. Estaba hambriento y cualquier propuesta me parecía bien. Covadonga anunció que le quedaba un resto de fideos a la cazuela, pedí una copa de vino tinto y hojeé el diario, el pequeño Montes intentaba sobrevivir emulando las crónicas gastronómicas de su padre, pero el espacio en el período para el pequeño cada vez era más reducido y marginal.

No tardaron en llegar los fideos. Como Covadonga sabía que andaba enfrascado en cuitas culinarias me fue cantando la receta mientras barría el comedor.

Necesitaría medio kilo de fideos con cierto grosor, a la cocinera le gustaban unos que tenían una pequeña oquedad en el centro, los llamaba fideos perla. Además 500 gramos de costilla de cerdo cortada en tacos, 125 gramos de conejo también cortado y 200 gramos de pollo – muslo y contra muslo cortados en 5 pedazos -; 100 gramos de panceta, 125 gramos de butifarra cruda, dos dientes de ajo, un pimiento verde, una cebolla, un tomate maduro, un litro de caldo de carne, aceite de oliva y sal. Además Covadonga incluía una picada secreta con dos carquiñolis, sal, pimienta, laurel en polvo y perejil.

En una sartén muy grande – una paella precisó – se debía poner un chorrito de aceite de oliva, cuando empezaba a chisporrotear se añadían troceados la costilla, el conejo y el pollo, ligeramente salpimentados. Cuando la piel del pollo se empezara a dorar se incorporaba la panceta cortada en dados pequeños. Se baja un poco el fuego y se remueve bien para que las carnes dejen todas sus grasas. Se pica una cebolla en trozos pequeñitos, los dos dientes de ajo pelados y picados, se sigue removiendo. Cuando la cebolla empiece a transparentarse se pela y raya el tomate sobre la paella, se rectifica de sal y de pimienta y se incorporan los fideos. Si el sofrito ha eliminado el agua y solo queda la grasa los fideos debían dorarse en esa grasa hasta tomar un color parecido al de una madera noble. Se remueve todo bien durante unos minutos, se añade la picada secreta, que se mezclaba con el sofrito y, finalmente el litro de caldo. En 20 minutos los fideos estarían cocidos, la carne melosa y una pizca de caldo espeso que terminaba de ligar el plato. Poco antes de servir se espolvorea un poco de pimienta blanca y perejil picado. La receta acepta también algunas legumbres, siempre que no eclipsen ni la carne ni los fideos: unos garbanzos, un puñado de judías blancas, unos guisantes e incluso unas setas.

Tomé el café en la barra con un golpe de coñac, la mezcla ideal para conseguir una siesta placentera.